Crónica del Rewire Festival 2026 (Firma invitada #1)
El primer artículo con firma invitada de b.p.m., obra de Antonio Martín Ruiz, bajista de Ramper
Esta semana os presento aquí, por primera vez, las palabras de otra persona. Mi amigo Antonio, al que he mencionado bastantes veces en este blog y al que algunos conoceréis como el bajista de Ramper, estuvo en La Haya a mediados de abril para disfrutar del Rewire Festival. Empezó a mandarme deliciosas crónicas diarias de los impresionantes conciertos que tuvo ocasión de contemplar. Me gustaron tanto (y me provocaron tanto FOMO) que le propuse publicarlas aquí como firma invitada. Creo que a los lectores de este blog les interesará, tanto por los artistas que poblaban el cartel como por la forma de escribir de Antonio, que hace un gran trabajo para trasladarte allí y transmitir las sensaciones que le provocaron estos conciertos de música experimental. Y también me parece interesante la reflexión final que propone sobre las diferencias entre este festival y los que conocemos en España (sí, hay mención a Nando Cruz). Espero que lo disfrutéis.
Cuando mis amigos y yo compramos nuestra entrada para el Rewire de este año y planificamos nuestro viaje a La Haya lo hicimos deslumbrados por un cartel que, aún incompleto, parecía tener de todo: conjugaba proyectos de absoluta actualidad con leyendas, artistas de micronicho con grandes nombres mainstream (todo lo mainstream que puede ser un nombre que aparece en el cartel de un festival de música experimental como este, claro), propuestas extremas en todos los ámbitos posibles. Además, los artistas que desconocíamos parecían tanto o más prometedores que aquellos que nos llevaron a querer asistir en primer lugar. A unas semanas del festival, cuando se publicó el horario, nos dimos cuenta de que habíamos caído en la trampa que describe Nando Cruz en los dos primeros capítulos de su “Macrofestivales”: la promesa de un buffet libre que en realidad no cabe en las horas de un fin de semana, y por supuesto mucho menos en el estómago de un comensal cuerdo.
El Rewire es un festival que no se desarrolla en un recinto cerrado, sino en toda la ciudad. Yo asistí a conciertos en nueve de las más de veinte ubicaciones a las que el festival da uso incluyendo salas de cine, teatros, salas de conciertos de múltiples tamaños, clubs nocturnos y varias iglesias. Por supuesto, muchos de estos eventos ocurrían simultáneamente. Hubo momentos en los que dos e incluso tres conciertos que eran cabezas de cartel para mí coincidían en horario. Comprobado que era imposible ver todo lo que queríamos, solo quedaban dos actitudes: dejarse llevar y decidir en el momento o planificarse, tomar dolorosas decisiones y rezar para que los tiempos de transporte entre escenarios y el aforo de los mismos respetasen dichas decisiones (y ya puedo adelantar que no siempre fue así).
Por lo tanto, este que voy a narrar ahora es mi Rewire 2026, que no el Rewire 2026. Es la experiencia que yo tuve, pero ni de lejos es todo lo que el festival ofrecía. Con un cartel al que se le podría haber dedicado semanas, esto es lo que los tres días que tuvimos nos permitieron.
DÍA 1 - VIERNES 10

Comenzamos el festival a las seis menos diez del viernes con un concierto realizado en homenaje a la recientemente fallecida Eliana Radigue. El Ensemble Klang de La Haya interpretaba la obra OCCAM DELTA XX en la Niewe Kerk (Iglesia Nueva). La actuación consistió en un saxofón tenor y un trombón que tocaban notas largas, como drones acústicos. Esta simplicidad permitía apreciar cada detalle tímbrico, los armónicos de los instrumentos, la vibración que produce la discrepancia entre las afinaciones. Mientras, un percusionista hacía vibrar, más que golpeaba, varios instrumentos, añadiendo una capa extra de textura. En conjunto, una obra delicada e inspiradora, inmejorablemente acompañada por el entorno de su interpretación, que fue un buen aperitivo para lo que estaba por llegar.
Cruzamos la calle para ver, en el que podríamos considerar el escenario principal del festival, a Tortoise. No voy a negar que fue una decepción. Aunque hubiese buenos momentos, especialmente con la interacción de las dos baterías o en las partes más ruidosas, en general me costó conectar y que las canciones me hipnotizasen como yo esperaba. Sin duda las altísimas expectativas que tenía no jugaron a su favor.
Salimos de allí corriendo para llegar a tiempo al siguiente concierto en Grote Kerk (Gran Iglesia). Al entrar nos impresionó su interior blanco, con altas columnas a ambos lados de la nave central, austera (al menos comparado con lo barroco de los templos andaluces) pero imponente. Daba la sensación de que pasara lo que pasara allí, merecería la pena solo por el ambiente, pero además el concierto no hizo más que elevar la experiencia. Lo que vimos allí fue Silencio, una obra del productor Moritz von Oswald junto a The Hague Vocal Ensemble. Dieciséis cantantes, repartidos alrededor de toda la iglesia, y acompañados de altavoces también en múltiples puntos, generaban un sonido envolvente que dialogaba con los sintentizadores modulares y las cajas de ritmos de sonido crudo de von Oswald. En los momentos de clímax, los juegos de luces con las columnas de la iglesia convirtieron la actuación en algo verdaderamente trascendental.
El siguiente concierto al que queríamos asistir era Milkweed, uno de los grupos que más ganas tenía de ver en el festival. La cola de varias manzanas en la puerta de la sala no auguraba nada bueno, y efectivamente no nos fue posible entrar. Después del disgusto y de un parón para cenar, volvimos a la Grote Kerk para intentar volver a vivir una experiencia tan impactante como la que acabábamos de tener. Drew McDowall, que nos generaba expectación por haber pertenecido a Coil, presentaba su álbum de 2024 A Thread, Silvered and Trembling acompañado por las audiovisuales en directo de Pedro Maia. Lo que escuchamos fue un ambient más cinematográfico, más digital que el anterior. Es una cuestión de gusto, pero este es justo el tipo de ambient que a mí no me encanta. Las visuales, proyectadas en una pantalla vertical tras el músico, eran tan frenéticas que no consiguieron atraparme durante el tiempo suficiente. Este fue en realidad el problema que tuve en este concierto: todo fue más explosivo y efectista que en el anterior, pero precisamente por eso me pareció menos impactante. Reconozco, aun así, que aprovecharon bien la localización del concierto: en sus puntos álgidos, los juegos de luces sobre la arquitectura de la iglesia (no aptos para epilépticos) dejaron momentos innegablemente sobrecogedores. No estoy seguro de que en cualquier otro lugar hubiese podido funcionar, o al menos, hubiese llegado a convencerme a mí.
Nos dirigimos después con tiempo al que prometía ser el plato fuerte de la noche. Volvíamos al escenario principal para el concierto de Oneohtrix Point Never, y no decepcionó. Presentaba su último disco, Tranquilizer, una combinación de exquisitos sonidos sintetizados y samples nostálgicos. Especial mención a la combinación de las canciones con las visuales de Freeka Tet, que iba realizando en directo con una maqueta de una casa que contenía a su vez varias pequeñas pantallas. Las grabaciones que hacía de esta maqueta y de las pantallas que contenía eran como ver una película de horror analógico construida ante nuestros ojos en directo. No se me ocurre nada más adecuado para la música a la que acompañaba.
Temí que mis amigos no quisieran continuar después de los conciertos que ya habíamos visto y el cansancio que empezaba a acumularse (algo que, por otro lado, dudo que me hubiese hecho cambiar a mí de opinión), pero al final conseguí que unos cuantos fuésemos a ver a Yamantaka Eye. Esta fue la verdadera sorpresa de la noche. Lo conocía por su legendaria trayectoria en el noise japonés, siendo parte de grupos tan fundamentales como Boredoms o Hanatarash, pero no sabía qué esperar de su presentación en solitario. Lo que pasó allí es lo más arrollador que yo haya escuchado nunca. No solo era un concierto de noise a un volumen brutal, sino que cada uno de los ruidos era absolutamente puro, abrasivo, avasallador. No me imagino cómo, pretendiendo hacer ruido, se puede hacer mejor. Las visuales en blanco y negro a cargo del artista C.O.L.O, como una especie de juego de la vida de Conway alimentado con cocaína, completaban una sobrecarga sensorial total. El suelo temblaba. Los primeros minutos fueron de dolor físico, real. A partir de ahí, adrenalina pura. Regresión a mente de mono. Orquesta de motosierras. Lo que debió sentir el astronauta de 2001 al atravesar la puerta estelar. Estábamos recibiendo una tortura que no queríamos que acabase. El último tercio del concierto dejó de ser ruido puro para introducir algunos samples desquiciados, sin bajar ni un poco el nivel de agresividad. Salimos aullando.
Después de esto evidentemente no podíamos hacer nada que no fuese acostarnos. Quedó claro que esta última experiencia nos marcó, ya que al día siguiente no podíamos hablar de otra cosa. Nos preguntábamos cómo reaccionarían a algo así diferentes personas que conocemos y si era posible para alguien “normal” disfrutar como nosotros lo habíamos hecho de algo, en principio, tan desagradable. Yo jamás he sentido nada tan físico en un concierto. Qué equivocado había estado hasta ese momento. La música es un error.
DÍA 2 - SÁBADO 11

El primer concierto del día fueron los tejanos Apparitions a las 17:15. No hay nada que apetezca más a la hora del café que un concierto de drone doom. La propuesta no era especialmente sorprendente dentro del género, pero estaba muy bien ejecutada. En el espacio que dejaba el habitual muro de guitarra, tanto en subgraves como en agudos, se colaba el sonido de sintetizadores modulares. Por encima, la batería, tocada con una buena dosis de mala leche, iba más haciendo solos que marcando un ritmo. Después de cada arremetida, momentos ambientales de sintetizadores relajaban el ambiente y preparaban la siguiente. De nuevo un buen comienzo para el día.
Seguimos con Stemeseder Lillinger. Teníamos ganas de ver este concierto para ver tocar al batería Christian Lillinger. El concierto empezó extraño con unos minutos de sonidos más o menos percusivos y aparentemente aleatorios de sintetizador, piano y clavicordio. Parecía ser un experimento difícil de entender hasta que Lillinger empezó a tocar la batería. No voy a mentir, buena parte de la gracia es verle tocar. La actitud con la que lo hace, la precisión, la velocidad. Es absolutamente inhumano. La música no dejó de ser igual de aparentemente aleatoria, pero con la batería haciendo de todo encima cobró mucho más sentido.
El tercer concierto de la tarde fue Laurel Halo, que estaba presentando la banda sonora para una película Julian Charrière. Resultó en una hora de ambient de sintentizadores acompañando a visuales de peces. No es una actuación que me cambiase la vida, pero sentado en el enorme teatro en el que se realizaba, y con la calidad del sonido del lugar, fue muy disfrutable. Además, la recarga de energía me vino bien para lo que estaba por venir.

Sumac y Moor Mother dieron mi concierto favorito del festival. El tono de cada instrumento por separado era inmejorable para el metal experimental que proponen. Densidad y dureza como pocas veces yo haya visto u oído en directo. Moor Mother es una increíble frontwoman. Comenzó el concierto insultando al público porque estaban muy parados. Aterradora, una líder a la que seguir hacia una muerte segura. Interpretación inmaculada por parte de los cuatro y mucho sentimiento en el escenario. Las partes libres y experimentales eran evocadoras y emocionantes, pero el concierto alcanzaba sus mejores cotas cuando todo el grupo caía a una en los pasajes de sonido más post metal. Así es como debe sonar el metal en el mundo de las ideas. Absolutamente perfecto.
A continuación, venía el que para mí era el peor momento de solape del festival: Xiu Xiu x Eraserhead, los Thuthanaka y Horse Lords con Arnold Dreyblatt, todo a la vez. Yo me decanté por los últimos. El compositor Arnold Dreyblatt golpeaba un contrabajo cuyo sonido había sido modificado para sonar muy agudo, que finalmente recodaba a algo más parecido a un clave o un arpa. El resto del grupo hacía lo que suelen hacer: intrincados patrones que se repiten, se cruzan y cambian de instrumento generando polirritmos y armonías, a medio camino entre el minimalismo de Terry Riley y el math rock de Don Caballero. Cuando el concierto bajaba las revoluciones y viraba hacia el ambient se hacía algo menos único, pero los momentos de mayor velocidad y orfebrería eran sublimes.
Kim Gordon fue para mí otra decepción por parte de una vieja gloria. La banda sonaba increíblemente bien y los momentos más noise pop funcionaban, pero la actuación vocal tan monótona me impedía disfrutar el resto. No sé si es que hay algo ahí que yo no estaba entendiendo. Me da la sensación de que soy o demasiado joven o demasiado viejo para que ese concierto me gustase. No pillé el chiste.
Acabé el día con My New Band Believe. Cameron Picton canta estupendamente, pero no sé si por la hora de la noche que era y la cantidad de conciertos que llevaba encima, todas las canciones me parecieron un poco parecidas. El grupo toca bien, pero hubo una dejadez (momentos de afinar que se alargaban, acabar y empezar las canciones de cualquier forma...) en el directo que no me gusta. Una sensación que también tuve con black midi cuando los pude ver en el Canela Party, por cierto. En sus mejores momentos recordaba a los Black Country, New Road más inspirados del Ants From Up There, o incluso a King Crimson. En los más mediocres, un grupo de rock tocando canciones bonitas que no consigo que me importen mucho. Especialmente después de escuchar el disco de estudio, que es bastante diferente a la presentación en directo, da cierta sensación de prisa y de que falta pulir, pero hay potencial.
DÍA 3 - DOMINGO 12

El último día comenzaba más temprano con el concierto de Juana Molina a las tres de la tarde. Pop electrónico delicado, cálido y divertido. Canciones hipnóticas, rozando un kraut como de dibujos animados. En el escenario estaban ella a las voces y sintetizadores y un muy curioso set de batería, mixto entre acústico y electrónico. En muy poco tiempo me atrapó y me puso a bailar. Me sorprendió la sensibilidad Z que me transmitían las canciones, teniendo en cuenta que la artista tiene sesenta años.
Pasamos a algo radicalmente opuesto. En la segunda sala del mismo club, una sala bastante pequeña y en la que el escenario estaba muy cerca del público, tocaba Aaron Dilloway. Fue un concierto corto pero que nos dejó impactados. Noise muy orgánico, generado sobre todo con micrófonos de contacto. Especialmente increíble el micro que llevó metido en la boca todo el rato y con el que producía unos sonidos realmente monstruosos. Este fue otro caso en el que la teatralidad de la actuación fue importante. La interpretación era desesperada, con la agresividad y la gesticulación de una persona que está colapsando emocional y físicamente. Un momento casi al final en el que se quedó tumbado sobre la silla, como muerto, fue sobrecogedor. En ese sentido, verlo a unos pocos metros condicionó mucho la experiencia.
Continuamos con otro cambio drástico de estilo. Había otro momento de solape fuerte (coincidían Moor Mother con Hieroglyphic Being y Joshua Chuquimia Crampton), pero yo decidí ver a Colleen. El concierto consistió en ella sola en el escenario, con un único sintetizador Moog, sin cajas de ritmos ni secuenciadores. Música de inspiración más bien clásica con sonidos analógicos y preciosistas. Puesto que todo lo que escuchábamos salía del mismo sintetizador, la artista realizaba cambios constantes en la configuración y el cableado. Una interpretación bastante técnica que consiguió embelesarnos.
Después nos decantamos por el concierto de ØKSE con billy woods. Fue apabullante. La banda mezclaba jazz espídico con electrónica (hubo muchos momentos de bajo sintetizado y percusiones machaconas) y momentos más hiphoperos (con DJ haciendo scratches incluida). La batería y la saxofonista, con sendos increíbles solos, me parecieron excepcionales. billy woods tampoco se quedó atrás en habilidad. En un momento del concierto subió a rapear ELUCID la canción que también tiene con el grupo. Como dijo mi amigo Joserto, por todos lados virtuosismo canalizado hacia un solo objetivo: molar.

En este momento nos tomamos un rato de descanso para acabar la noche con energía. Y el final estuvo a la altura con otro de los grandes nombres del cartel: Einstürzende Neubauten. El grupo ahora mismo no es la bestia sónica que era, pero es lógico: esa radicalidad a la edad que tienen hubiera rozado el ridículo. El concierto consistió más bien en canciones lentas e intensas protagonizadas por la increíble voz de Blixa Bargeld, y acompañadas por chirridos y golpes con todo tipo de material de ferretería. Cumplieron las expectativas con toda la cacharrería en el escenario, que además sonaba increíblemente clara y contundente. Esto en gran parte fue gracias a los técnicos de sonido, especialmente importantes en esta actuación: a cada canción aparecían tres o cuatro para sacar del escenario algún invento y traer otro aún más extraño y sorprendente. En los momentos más potentes y dramáticos me recordaron a Swans. Una pena que con todo lo que había encima de ese escenario no se hiciera algún tema más enérgico. Me quedé con ganas de ser arrollado por todos esos tubos, planchas de metal, muelles, sierras, máquinas sopladoras y artefactos extraños en general. Aun así, fue un concierto muy emocionante para poner el broche de oro al festival.
Al día siguiente, mientras volvía a casa, empecé a procesar todo lo que había visto en el fin de semana. Todos y cada uno de los conciertos, en cada una de las salas, habían tenido un sonido perfecto. Si esto ya me parecería admirable en una sola ubicación y con grupos más cercanos a lo que estamos acostumbrados, que se hiciese en esa cantidad y diversidad de espacios, y con esa variedad de propuestas diferentes es realmente remarcable. Igualmente remarcable me pareció que el festival estaba totalmente libre de marcas y patrocinios. De alguna forma esto reconfiguró mis estándares, mi imagen de lo que es posible hacer. Los festivales españoles parecen, en su mayoría, estar muy lejos tanto en pretensiones como en capacidades técnicas. Aquí solo algunas propuestas más pequeñas parecen realizadas con un gusto y un cariño comparables, pero su alcance y posibilidades económicas son bastante menores. No pagamos una entrada barata, pero tampoco mucho más cara de la que se pagaría en España por un evento de magnitud similar. Creo que a partir de ahora me queda un año entero de pensar si volveré al Rewire, pero también si sería posible tener un Rewire más cerca.



